El silencio en la madrugada, aún si pongo música para no marearme, es omnipresente. Aún con el ruido que hace a veinte metros bajo mi ventana un solitario barrendero, el silencio es tal, que puedo oírlo zumbarme al oído y, sobre él, como una capa más nítida, el crepitar del papel y el tabaco al encender mi cigarro.
Luces.
En la noche más silenciosa cualquier sonido es más claro, así como en la noche más oscura, cualquier luz, aún si es una entre miles, es hermosa. Por eso prefiero la noche. Cada amanecer, al ver por la ventana me encontraba con las faldas del cerro, consumidas por la obra negra y pensaba que no podría vivir un día más ahí. Por las noches podía ver las miles de luces frías observarme tras el humo de mi cigarro y pensaba en lo mucho que las extrañaría cuando me fuera.
Miles de luces, miles de gritos. Aún hoy, cada vez que salgo la experiencia rebasa por mucho mis expectativas.
Carajo, ¡amo esa canción! Cada vez que la escucho me gusta más. Camino entre la gente, sin mirar a nadie, igual que un condenado hacia el patíbulo, pero por dentro siempre pienso que es ahí a donde pertenezco.
Fuegos artificiales y esa estúpida canción anuncian la llegada de mi oponente. Ben nunca me hace caso. Llega con la cara tatuada de henna y con una gabardina que en una pelea real me habría servido para envolverlo mientras lo pateo en la cara.
Es en ese momento cuando recuerdo que me encanta el teatro.
No el teatro convencional. Los actores, los guiones, gente parada sobre escenarios negros gritando frases grandilocuentes… todo siempre me pareció demasiado pretencioso.
Esto es real, esto es arte. Miles de espectadores a mi alrededor esperan ver nuestra piel abrirse y nuestros cuerpos llevados a sus últimas consecuencias durante la trama que algún promotor inventó para Ben y El Demoledor. Es tal el intercambio de energía que ahí arriba soy invencible. Es tal la energía que reciben de nosotros que a menudo deben gritar para no ser consumidos por la euforia.
Como antes de cada gran acto, hay uno, dos segundos de silencio.
Casi puedo oír la punta de un cigarro encenderse a varios metros de mí.
Suena la campana y el mundo se vuelve diez veces más rápido.
Este es un cachito del cuento que dicen que se parece a la película de Mickey Rourke. Originalmente pensé en poner aquí una explicación de porqué no es un plagio y de porqué decidí publicarlo aún después de notar el parecido, pero luego me dió hueva.


Estas son las imágenes que se hicieron para ilustrarlo. La primera creo que es del primo de Eric, la segunda es de Ana. Al final ninguna se quedó y pusimos la más culera... pero no se ve tan mal. Esperen al segundo número para verlo.

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